16 de agosto de 2016

LAS ENSALADAS DE ALBIGNAC


El afamado gastrónomo Brillant-Savarin, contaba la historia de un emigrante francés llamado Albignac, que hizo su fortuna en Londres por su gran habilidad en aliñar ensaladas. Este emigrante, que como otros muchos aristócratas franceses tuvo que huir de su país cuando la Revolución Francesa, se fue quedando sin recursos por alargarse su destierro, y tuvo que espabilar.

Un día, se encontraba en una de las más famosas tabernas de Londres, a la vez que saboreaba un suculento rosbif se fijó en una mesa, cerca de la suya, donde estaban comiendo 6 elegantes jóvenes ingleses, pertenecientes a lo más selecto de la sociedad londinense. Uno de ellos se levanto de repente y acercándose a Albignac le dijo: “Señor francés, siempre hemos oído que su nación tiene un arte especial para sazonar las ensaladas. ¿Sería usted tan amable que condescendiera a condimentarnos una?”.

Albignac se sorprendió, pero enseguida consintió en ello y pidió los ingredientes necesarios para crear su obra de arte; tuvo la suerte de acertar y complacer a los ingleses. Mientras dosificaba los ingredientes contestó a las preguntas que le hicieron; dijo que era un emigrante, y confesó, no sin avergonzarse, que vivía gracias a las ayudas del Gobierno inglés, circunstancia que aprovecharon los contertulios para ofrecerle un billete de cinco libras y que él aceptó con algún remilgo.

Albignac les había dado su dirección, y se sorprendió al recibir una carta en la que lo halagaban y le suplicaban que fuese a sazonar una ensalada en uno de los palacios de Grosvenor Square. Albignac pensó en el gran negocio y fue. Tal fue el éxito, que su fama corrió como la pólvora y fue designado en la alta sociedad londinense como “fashionable salat-maker”.

Corría de palacio en palacio sazonando ensaladas. Como sus ingresos eran tan elevados, se compró un coche para poder acudir a más mansiones. Contrató a un criado que era portador de un precioso arcón pequeñito con los ingredientes que necesitaba: aceites variados, estragón jugo de carne, yemas de huevo, mostaza, trufas, caviar, anchoas, perejil, huevos cocidos, etc. Con el tiempo hizo fabricar unos arcones como el suyo, que vendía a buen precio.

Gracias a los aliños y a los arcones, hizo una fortuna de 80.000 francos de hace un siglo y medio. Con ella, se trasladó a Francia y lo invirtió en fincas rústicas, lo que le ayudó a enriquecerse todavía más. murió en una de esas fincas, concretamente en la que tenía en Limosino (Francia).

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