29 de julio de 2007

DON JAIME Y LA CALAVERA (LEYENDA BALEAR)


El noble Señor Don Jaime de Aragón se dirigía a Sicilia a bordo de una embarcación de su flota y rodeado de sus hombres de guerra. De pronto se desencadenó un fuerte temporal.

Las gigantescas olas movían el barco como un pequeño cascarón. El agua entraba por una brecha abierta en el casco y los tripulantes, organizaron a toda prisa el salvamento en las lanchas, y el buque abandonado fue tragado por las aguas. Don Jaime se encontró en medio del mar asido a un madero. Dejándose ir a la deriva, las olas lo llevaron a una playa desierta, agotado y a punto de perder la conciencia. Allí se quedó toda la noche sin fuerzas para moverse, pensando que iba a morir en cualquier momento.

Llego el nuevo día, unos pescadores le recogieron con cuidado. Cuando se repuso ligeramente, uno de los hombres que le había salvado, le dijo que se encontraba en las Islas Baleares.

Empezó a caminar en busca de refugio, encontrando un palacio señorial aislado en el campo, y llamo en demanda de auxilio. Los criados le abrieron llevándolo en presencia del Señor de la mansión quien, con generosa hospitalidad, le nombró su huésped de honor, le ofreció un blando lecho en el que descansar y le prodigó toda clase de cuidados, y le dio lujosos trajes.

Al día siguiente, ya repuesto Don Jaime pudo levantarse y comer acompañado por el Señor del palacio. Al poco tiempo apareció una mujer negra horriblemente fea pero con magníficos trajes y cargada de valiosas joyas, se sentó a la derecha del Señor, quien la presentó a Don Jaime como su esposa. Empezó la comida, entrando los criados con bandejas de plata llenas de exquisitos manjares.

Se abrió otra puerta y apareció una mendiga con harapos, fuertes cadenas en los pies y una calavera en las manos. Esta mujer que debía ser joven todavía, estaba pálida y demacrada, su semblante lleno de dolor y unos ojos de profunda tristeza, se sentó en el suelo, en un rincón de la estancia, sin que los dueños se molestaran en volver la cabeza para mirarla. De vez en cuando le echaban algún mendrugo de pan o algún hueso para que chupase, ella lo recogía con avidez y le servían agua en la calavera, terminada su pobre comida, se levantaba y desaparecía.

Don Jaime sintió una compasión infinita por aquella desgraciada y se apoderó de él un vivo deseo de remediar esa situación tan humillante, así que, una vez hubieron terminado de comer y se encontraron solos los dos hombres, le preguntó al dueño por la infeliz.

El propietario de la enorme mansión dijo que merecía aquel castigo por su horrible maldad y le relató la historia de aquel espectro que era su esposa.

Se habían casado diez años atrás, colmándola de bienestar, halagos y caricias. Pasaron los primeros meses en la más completa armonía, felices y queriéndose. Pero fue a vivir con ellos un primo de su esposa, que seguía la carrera de sacerdote, en la casa lo recibieron como un hermano.

Pasaron algunos años siendo felices, hasta que un aciago día, aquella mujer negra que había visto antes y que servía en la casa, le dijo al señor que su mujer le era infiel con el forastero.

Enajenado por los celos corrió en su busca, encontrándose al estudiante le clavo un puñal en el pecho, cayendo muerto a sus pies. Después le cortó la cabeza y ordenó vaciarla y que se la entregasen a su esposa como único vaso en el que bebería el resto de su vida. Fue despojada de su ropa y joyas y encerrada en un oscuro calabozo, de donde no saldría hasta su muerte. Únicamente a la hora de la comida se le permitiría llegar al comedor del palacio donde contemplaría a la criada negra que la había suplantado.

Confuso quedó Don Jaime ante lo relevado y comprendía el dolor del caballero, aunque el castigo lo consideraba excesivo y se lo hizo saber a su anfitrión.

El rey de Aragón tuvo que quedarse allí unos días esperando que arribara algún barco para regresar a la península, no volvió a ver a la señora negra que había enfermado. El médico se mostró pesimista y aconsejo un sacerdote para prepararla a morir.

Terminada la confesión, salió el religioso y llamando a todos los de la casa, les hizo entrar en la estancia donde se encontraba la moribunda a punto de expirar, confesó en presencia de todos, que ella había calumniado a dos inocentes, que eran su señora y el sacerdote asesinado.

Enamorada de este y despreciada por él, quiso vengarse con aquella infamia. El caballero no escucho más, loco de terror, se lanzó sobre la criada y hundió su puñal en el pecho. Corrió hacia el calabozo donde estaba su esposa y, cayendo de rodillas ante ella, le pidió perdón al tiempo que derramaba abundantes lágrimas. Ella se le otorgó de manera generosa sin la menor protesta o queja. Enseguida fue trasladada a una lujosa habitación, rodeada de cuanto pudiera ser agradable para ella. Pero su debilidad eran tan extrema que murió a los pocos días.

Su angustiado esposo, no pudiendo con los remordimientos, ingresó en un convento donde vivió en la miseria que él impuso a su esposa, en expiación a sus crímenes, haciendo hasta su muerte continuos sacrificios.

8 comentarios :

enrique DICE

Impresionante leyenda.
Muchas gracias por contarla.
Besos

Ana DICE

Gracias a ti por leerme. Un beso.

Anónimo DICE

Con lo fácil que hubiera sido preguntar...

Anónimo DICE

Sí, muy caballero, pero debía ser un hombre de pocas palabras. Un beso.

Ray Rudilla DICE

Tremendo ejemplo de soberbia y posesión la de esta leyenda.
Una soberbia confundida con venganza y una posesión típicamente latina.
Aún así no deja de ser una bonita moraleja.

Ana DICE

Ray, si así es, muy buena persona no parecía ese caballero. Un beso

Anónimo DICE

Don Balear

Ana DICE

Anónimo si, Don Balear. Un beso.