22 de octubre de 2011

EL TERREMOTO DE LISBOA


La mañana del 1 de noviembre de 1755 todo transcurría con normalidad en Lisboa, hasta que sobre las nueve y media de la mañana el suelo empezó a temblar.

El suelo se resquebrajaba, uno inmensos bloques de piedra se desprendían de los edificios, grandes incendios provocados por los braseros y la velas de las casas devoraban los edificios que todavia se mantenían en pie.

Los que buscaron cobijo en la playa corrieron por suerte. Después de las diez de la mañana el mar se retiro,dejando los barcos varados en el puerto, junto a mercancías y peces. Las personas se agolpaban en la orilla, sin poderse imaginar el desastre que se les avecinaba.

Sobre las once de la mañana, una ola de casi veinte metros de altura, entró asolando todo lo que encontraba a su paso, hasta la Real Casa de la Misericordia, entrando en la ciudad unos 8 kilómetros, luego se retiró.

Se repitieron estos “tsunamis” con menor fuerza hasta media tarde. El Palacio Real desapareció del mapa, la desgracia no alcanzó al rey José I ni a su familia, ya que habían decidido asistir a misa esa madrugada en la iglesia de Santa María de Belém, en la zona menos afectada por el terremoto.

Se calcula que unos 300.000 habitantes murieron. Muchos de ellos en los primeros momentos de la tragedia, enterrados por los escombros de los edificios. El incendio y el oleaje fueron igual de mortíferos.

En el Palacio Real desaparecieron muchas obras de arte y una enorme biblioteca de 100.000 ejemplares. La recién inaugurada Real Casa de la Ópera y el Archivo Real también desaparecieron, pasto de las llamas. Todas las riquezas, el arte y el esplendor de Lisboa desaparecieron en tan sólo unos minutos.

El impacto del terremoto fue tan grande, que incluso el rey José I no volvió nunca a su reconstruido palacio, hasta su muerte en 1777, vivió con toda su corte en un lujoso campamento de tiendas en la colina de Ajuda.

Desde su epicentro en el Atlántico, el temblor alcanzó todas las villas portuguesas; Lisboa, Peniche, Santarém, Sétubal, y las del algarve. En España se sintió en Andalucia, y Madrid. En Cádiz se levantó el mar en olas y borbotones inmensos. El terremoto también afectó duramente a las ciudades el orte de África.

El primer ministro, el marqués de Pombal, organizó rápidamente a la población para reconstruir la ciudad. Los nuevos edificios se diseñaron para resistir a los terremotos. Al cabo de un año la ciudad estaba de nuevo en pie.

6 comentarios :

Chema García DICE

Y en Salamanca provocó grietas y destrozos en edificios. La torre de la catedral nueva tuvo que se cegada con un enorme sarcófago de piedra para que no se cayera. Y la familia encargada de tocar las campanas, cuando vieron que el peligro del terremoto ya había pasado, uno de sus miembros subió por los maltrechos muros y tocó las campanas para avisar a la gente que saliera de sus casas pues el peligro ya había pasado. Cómo tradición un miembro de esa familia subía (hasta hace algunos años que ya sólo lo hace un defensor de las tradiciones en su nombre) hasta lo más alto de la torre a tocar las campanas por los muros (cómo lo hice aquél valiente) pues por las escaleras no se podía subir. Gracias a aquello se salvaron muchas vidas y desde entonces el 31 de octubre se les homenajea tocando las campanas en su nombre. (La historia real no sé cuál, aunque no dista mucho de la que he contado, pero prefiero difundir la versión que me contó mi abuela de niño, y por una vez no indagar qué ocurrió realmente y mantener viva esa leyenda de un terremoto que sacudió los cimientos no sólo de Lisboa sino de muchas otras ciudades, incluida Salamanca.

Ana DICE

Chema gracias por compartir esa historia que aunque trágica diciéndome que te la contaba tu abuela se convierte para mi en ternura. Maravillosas las historias de los abuelos. Un beso.

Alan DICE

Buenas entradas las que publican, hace tiempo que las leo pero nunca he comentado, saludos

Ana DICE

Alan muchas gracias por haberte animado a comentar y por leerme. Un beso.

profedegriego DICE

Hay un lugar en Lisboa que a mí, en particular, Ana, siempre me ha impresionado en cada visita que hago a esta bellísima ciudad; se trata de las ruinas de la Igreja do Carmo, testigo mudo y trágico de este terremoto. Lo que hoy queda de sus arcos góticos, como un esqueleto inestable sostenido en el aire, dan idea de la magnitud de la catástrofe en 1755 y evocan en mi mente el terror de la población.
En origen, junto a la iglesia, hubo un convento del que no quedó nada, y todavía hoy cruzar la nave principal bajo ese entramado de arcos en suspenso me encoge el corazón.
Mil "saudosos" saludos.

Ana DICE

Profedegriego es una pena que se produzcan estas catástrofes y desaparezca parte de la historia. Un beso.