18 de mayo de 2019

CAMINANDO-14




La felicidad no es una pisada en el camino sino una forma de caminar la vida

17 de mayo de 2019

ENJUAGADEDOS O AGUAMANIL



Desde la antigüedad era costumbre comer con las manos; romanos, griegos, egipcios…, durante la Edad Media y muy entrada la Moderna. Mientras esa costumbre persistió, se impuso el previo lavado de las manos, y por si no lo hacían estando en privado, se hacía públicamente.

Para hacerlo era imprescindible utilizar el llamado enjuagadedos, también conocido como aguamanil. Se trataba de una palangana fabricada en distintos materiales: cerámica, plata, porcelana, etc., y una jarra que contenía el agua para enjuagar las manos.

En un tratado de buenas costumbres publicado en 1544 por Della-Casa, obispo de Benavente se dice: “Soy de parecer que no debe uno lavarse las manos en público; son menesteres que conviene hacer en privado. Sin embargo, es conveniente, antes de sentarse a la mesa, lavarse las manos en presencia de todos, aun cuando no fuera necesario, para que no haya duda de que están limpias al meterlas en los platos”.

En tiempos de Homero, ese lavamanos era considerado de obligación para todos, lo mismo sucedía en Roma. Los franceses del siglo XIII, en lugar de decir que la comida estaba servida, decían “corner l’eau”= “Cornear el agua”, por ser una llamada que se hacía con un cuerno de caza para que todos los que fueran a comer se lavaran las manos.

Las clases sociales altas se volvían a lavar por segunda vez las manos antes de servir los postres. Unos pajes con jofainas y jarras daban la vuelta a la mesa vertiendo agua de rosas para que los comensales se lavaran las manos, mientras otros presentaban toallas para secarse.

Los romanos se lavaban a cada servicio, según cuentan: los festines de Heliogábalo eran tan espléndidos que a veces se servían veintidós servicios, integrando cada uno un número de platos infinito y se lavaban en cada uno.

Los comensales menos refinados se chupaban los dedos hasta el codo.

16 de mayo de 2019

MUNDO CURIOSO-3



En Inglaterra, en el siglo XIX, se celebraban los bear baitings, una especie de corrida en la que el animal sacrificado era el oso. Debido a la escasez de estos animales, se celebraron muy pocas.

Aunque el boomerang siempre se asocia a los aborígenes australianos, los egipcios conocían esta arma arrojadiza hace 3000 años.

El origen de la palabra trabajo viene del vocablo latino tripalium, que designaba el caballete utilizado para azotar y torturar a los acusados.

En la Edad Media se consideraba que los animales que atentaban contra las leyes tenían derecho a un juicio justo. El primero se celebró en la localidad alemana de Worms el año 864, y en él se condenó a muerte a un enjambre de abejas por haber matado a un hombre.

Los aborígenes australianos creen que da mala suerte dirigir la palabra a la propia suegra.

Los hurones o wyandots, una tribu indígena del este de Estados Unidos, empleaban la carne humana como ración de combate. Los guerreros hurones descuartizaban los cadáveres de los vencidos y los guardaban en ollas de metal para su posterior consumo. En la actualidad todavía se practica.

En la antigua Etiopía, el pueblo elegía como rey a un perro. Éste era mimado y estaba rodeado a todas horas por guardias y funcionarios. Su comportamiento y reacciones eran interpretados como mensajes reales que debían cumplirse a rajatabla. Así, si el animal se mostraba alegre, era signo de que el país estaba siendo bien gobernado. Y si el perro ladraba o gruñía a algún sirviente o visitante, éste era condenado a muerte.

Durante la Edad Media, las madres cerraban la boca de sus bebés o hacían la señal de la cruz delante de ella cuando bostezaban, para evitar que el diablo se introdujera en su cuerpo.

En la antigüedad, para contener las hemorragias de la nariz, se taponaban los orificios nasales con estiércol de cerdo.

Los antiguos egipcios tenían la costumbre de pintar el rostro de su enemigo en la suela del zapato, para pisotearlo y humillarlo mientras caminaban.

15 de mayo de 2019

PERDIDA EN EL AMAZONAS



El 24 de diciembre de 1971, el vuelo LANSA 508 salió de Lima, Perú, su destino era Pucalipa. Juliane Koepcke, de 17 años, viajaba con su madre con la intención de pasar las vacaciones con su padre que se encontraba trabajando en esa ciudad.

El avión comenzó a dar violentas sacudidas y un relámpago alcanzó al avión, seccionando el ala derecha y precipitándose sobre la selva. De los 92 pasajeros que viajaban en el avión solamente sobrevivió Juliane. Había tenido mucha suerte ya que solo sufrió la rotura de la clavícula y algunas contusiones.

Tuvo suerte en sobrevivir, pero que haría sola en la selva amazónica, rodeada de pirañas, serpientes y jaguares. Sin ningún tipo de herramienta, ni siquiera calzado y ropa apropiada, ya que iba vestida con unas sandalias blancas y un vestido de algodón. Con lo único que contaba era con una bolsa de golosinas.

Al cuarto día ya no tenía golosinas, por lo que sus probabilidades de salir con vida eran muy pocas.

Siguiendo los consejos que en una ocasión le dio su padre, siguió el curso de un arroyo, con la esperanza de que la llevara a un río más grande donde viviera alguien. También siguió el canto de los hoacines, unas aves que únicamente se encuentran cerca de los grandes ríos.

Al décimo día, el 3 de enero de 1972, Juliane fue encontrada por tres cazadores, estaba sana y salva, aunque asustada.

14 de mayo de 2019

NO ESTABAN MUERTOS



En una ocasión, un médico sexagenario enfermó de unas fiebres cayendo al final en síncope, creyendo los médicos que había muerto. No solo se prepararon los funerales, también se le iba a hacer la autopsia por expreso deseo de sus hijos.

En el lugar se encontraban dos sacerdotes discutiendo a cuál de ellos le tocaba oficiar el entierro. Otro médico que estaba fuera oyendo la disputa de los curas, entró para calmar los ánimos y, por curiosidad destapó la sábana del cadáver y aprecio un leve movimiento en el muerto. Le tomó el pulso, acercó una llama a la nariz y la boca, y no encontró señal de vida.

Cuando ya pensaba que eran imaginaciones suyas, volvió a notar algún movimiento, excitado, pidió un poco de vino, lo aplicó a la nariz del fallecido, le metió unas gotas en la boca, pero tampoco hizo efecto. Cuando de nuevo se iba a retirar, se dio cuenta que el muerto saboreaba el vino.

Le dio algunas gotas más, y cuál fue la sorpresa cuando el muerto abrió los ojos, recobrándose milagrosamente. Segú contaba mientras había estado muerto escuchaba perfectamente toda la pelea de los dos curas relatándolo con todo lujo de detalles.

Otro caso de muerte aparente fue el de una señora que padecía unas fiebres desde que era niña. Un día tuvo un accidente en el que dieron  por muerta. La empezaron a lavar y amortajar, dándose cuenta ella de todo sin poder hablar ni hacer ningún movimiento.

Una tía suya muy querida, se acercó a ella y llorando de manera incontrolable, gritando, dándole besos, impresionando a la chica muerta que profirió un grito, alertando a los médicos, que le aplicaron ventosas en varias partes del cuerpo devolviéndole la vida. Después de esto vivió muchos más años.