A comienzos del siglo XII, la ciudad de Huesca fue testigo de una cruel vendetta política, llevada a cabo por el rey aragonés Ramiro II el Monje, hermano y sucesor de Alfonso I el Batallador.El monarca reinaba a duras penas al no contar con el beneplácito de la nobleza, que no aceptaba su doble condición de monje y rey. Incapaz de dominar la situación, Ramiro II solicitó consejo, a través de un emisario, al que fuera su maestro espiritual, el abad del monasterio de San Ponce de Tomeras, en Francia.
Pero éste se mostró del todo críptico, condujo al emisario hasta el huerto monacal y, con un cuchillo, cortó de cuajo todas las coles que sobresalían. Después, sentenció: “Vete a mi señor el rey y dile lo que has visto, que no te doy otra respuesta”. El rey aragonés dedujo que debía eliminar a los nobles que sobresalían por su postura rebelde y antimonárquica.
Con la excusa de que quería fundir una gran campana tan grande que sería oída en todo el reino, convocó Cortes en Huesca y citó, a los nobles más díscolos, a quienes ordenó pasar uno a uno a la sala del Consejo. A medida que fueron entrando, los mandó ejecutar sin piedad. La nobleza entendió el duro mensaje y Ramiro II pudo al fin reinar en paz.
Todavía hoy sigue sin dilucidarse cuánto hay de real y cuanto de fábula en este oscuro pasaje del Aragón medieval.





