14 de diciembre de 2009

FUNERALES DE UN EMPERADOR ROMANO

A partir del año 78 a. C., los funerales de los emperadores romanos estaban llenos de ostentación y lujo.

Durante ese período de luto oficial, las puertas de los templos, los balnearios y las tabernas quedaban cerradas, se cancelaban los juegos en el circo y las representaciones teatrales, se vestía un hábito negro y se clausuraba el Senado para que los magistrados pudieran asumir sus funciones militares, y sofocar, en caso de que hubiera, “el tumultus” del pueblo, ya que en ocasiones lo había.

Los portadores de las enseñas del dictador encabezaban el cortejo del cadáver. Los seguía el cuerpo embalsamado, que yacía sobre un lecho de oro y marfil, conducido sobre un carro engalanado. Detrás un grupo de trompeteros avisaba de su paso.
Jinetes y soldados, a los que se añadían los veteranos de los ejércitos, protegían al difunto.

Tras los músicos se evocaba el recuerdo de los antepasados, representados por actores que, con las máscaras de cera de los difuntos, exhibían sus prendas más características, imitando sus gestos.

Sobre el féretro, transportado a hombros por los ciudadanos más destacados, una imagen moldeada de cera y aromatizada con cinamomo, que disimulaba el olor de la carne putrefacta.

Detrás del cadáver, de luto riguroso, podía verse al sucesor en el trono y a los demás miembros de la casa imperial. A continuación se exhibían las ofrendas de los pueblos.

Cerraban el cortejo, sacerdotes, vestales, senadores, magistrados y militares. La procesión cuyo recorrido era el Senado, hacía una parada ante los “rostra”, la tribuna de oradores del Foro, donde el mayor orador del momento pronunciaba un discurso laudatorio.

En el Campo de Marte estaba preparada una pira de varios pisos. La decoraban tapices tejidos con oro, estatuas de marfil, candelabros y pinturas.

El féretro se colocaba en el segundo piso. Alrededor se esparcían frutos, incienso, jugos aromáticos y hierbas, que impregnaban el ambiente.

El ejército, a caballo, rendía el último homenaje a su jefe supremo, lanzando a la pira las insignias y los objetos más preciados. Finalmente se prendía fuego.

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