
Para conservar su potencia sexual, los varones griegos nunca debían orinar donde antes lo hubiera hecho un perro y nunca tenían que ingerir alimentos que pudieran contener excrementos de ratón. Un amuleto para aumentar la virilidad consistía en atar el testículo derecho de un asno en el brazalete.
Uno de los afrodisiacos más apreciado por los griegos eran las orquídeas, cuya flor les recordaba el testículo humano. La palabra orquídea viene de órquis, que significa testículo. En la Grecia arcaica, las mujeres que no querían quedarse embarazadas metían el hígado de un gato en una bolsita que se ataban en el pie izquierdo o giraban después de la regla alrededor de un garbanzo de Cirene en un plato con agua.
Sorano de Éfeso, en su tratado de ginecología, explica un método anticonceptivo de urgencia: “La mujer debe contener la respiración y retraerse ligeramente en el momento del coito. En cuanto acabe, debe levantarse y ponerse en cuclillas para provocar un estornudo, y limpiarse cuidadosamente o beber agua fría”.
En el siglo I a.C., el médico Dioscórides ideó un anticonceptivo masculino. Aconsejaba a los hombres que tomasen durante 36 días extractos de una especie de madreselva. La “lonicera periclymenum”, para lograr un estado transitorio de esterilidad.