La expedición francesa a Egipto de 1798 dejó una profunda huella en la cultura europea. Pese a que los savants franceses, tuvieron que marcharse precipitadamente, en los años siguientes sus investigaciones se difundieron mediante una obra monumental; “La descripción de Egipto”, publicada entre 1809 y 1828 en más de 20 volúmenes, la mitad de ellos, dedicados a láminas.Ya antes en 1802, el “Viaje por el Alto y Bajo Egipto” de Vivant Denon, uno de los eruditos de la expedición napoleónica, tuvo enorme eco en todo el continente. Los nuevos conocimientos sobre la iconografía egipcia y los jeroglíficos, se trasladaron a las artes decorativas europeas. Napoleón se rodeo de jarrones, vajilla y muebles al estilo egipcio.
Mientras, en Inglaterra surgía el mobiliario de Thomas Hope o la cerámica de Wedgwood. En arquitectura, los pilonos, pirámides, esfinges y columnas lotiformes (forma de loto) se plasman en la sala egipcia del Crystal Palace de Londres, el jardín egipcio de Biddulph Grange o el puente Egipcio de San Petersburgo. En literatura destacan los relatos de Theóphile Gautier (La novela de la momia) y Edgar Allan Poe (Conversaciones con una momia), o la novela del polaco Boleslaw Prus, “Faraón”.
La tumba de Tutankhamón descubierta en 1922, provocaría otra fiebre de Egiptomanía, de la mano del art decó y del poderoso medio de la publicidad. Lo egipcio apareció en cajas de galletas y tabaco, en envoltorios de jabones y hasta en las joyas de Cartier.




