19 de octubre de 2020

COSAS DE ESCRITORES-8

 

La novela de Theodor Dreiser, Sister Carrie, que es todo un clásico americano, tuvo un éxito inmediato en Londres cuando fue publicada a principios de siglo. En los Estados Unidos fue publicada sin entusiasmo por Doubleday, Page and Company, y virtualmente fue retirada porque la esposa del editor desaprobaba la historia realista del deterioro de un hombre acusado por una chica inmoral. Dreiser había sido un periodista de éxito, y se encontró de repente con que era persona non grata también para la publicación en revistas; ningún editor compraba sus artículos. Sufrió un ataque nervioso, pensó en el suicidio y no pudo escribir otra novela durante 11 años.

Mijail Yurecich Lermotov, poeta y novelista ruso, atrajo por primera vez la atención con su poema en que protestaba y se lamentaba por la muerte de Pushkin en un duelo insensato. Años más tarde, el mismo Lermotov murió en un duelo todavía más sin sentido, provocado por su ingenio incisivo.

Noe Webster, más famoso por su diccionario, fue también el primer epidemiólogo de los Estados Unidos. Webster publicó una colección de disertaciones sobre fiebres biliares en 1796, y una obra en dos volúmenes llamada A. Brief History of Epidemie and Pestilential Diseases, en 1799.

Los críticos juzgaron que el libro de Herbert R. Mayes Alger: A Biography Without a Hero, era la verdad evangélica respecto a Horacio Alger, y se convirtió en un libro de consulta relativo al novelista de “Harapos a la riqueza”. Mayes, siendo él mismo un editor y escritor bien conocido, reveló más tarde que su obra intentaba ser solo un timo referente a Alger. Era todo ficción, el proyecto Alger fue emprendido con malicia premeditada.

John Milton quería reformar la política con la poesía. Cuando comprendió que esto era imposible, renunció a su sueño de tiempo atrás de ser un poeta superlativo, y decidió dedicarse casi en exclusiva a escribir manifiestos revolucionarios, en prosa, lo cual hizo durante más de veinte años. Después de la Restauración, regresó a la poesía y escribió “Paraíso perdido”.

 COSAS DE ESCRITORES-7

18 de octubre de 2020

BELEÑO NEGRO



Los principios activos del beleño negro, son similares a los de la belladona; penetran a través de la piel y las mucosas, produciendo dilatación de la pupila y aumento de la presión arterial. 

Además de ser utilizado por las brujas, el beleño negro, ha sido usado por ciertos pueblos como afrodisiaco, ingerido en filtros de amor. Shakespeare, hizo que el padre de Hamlet muriera vertiendo zumo de beleño en su oreja. 

Sus propiedades son muy conocidas en las Islas Balears, donde se conoce como: Caramel-lo de Bruixa (caramelo de bruja) y Herba Caixalera (hierba para las muelas), ya que es muy eficaz para los dolores de muelas y dientes. Los payeses ibicencos aconsejaban tomarlo fumado, como si fuese un porro, les producía efectos alucinógenos. En Cataluña se conoce como Herba de la Mare de Deu (hierba de la Madre de Dios). Los celtas lo llamaban beluntia. 

En la corte del rey de Francia, desde 1643 a 1715, había tres famosas envenenadoras: la marquesa de Brinvilliers, la marquesa de Montespan y Catherine Deshayes, también conocida como La Voisin, que regentaba un establecimiento donde vendía venenos, donde sus mejores clientas eran mujeres deseosas de quedarse viudas. 

Madame de Montespan, compró en la tienda de La Voisin beleño negro, que utilizó a modo de ungüento para realizar una misa negra para recuperar los favores del Luis XIV, el Rey Sol, con el que tuvo muchos hijos, ocho de ellos reconocidos por el rey. 

Con el beleño negro el siniestro doctor Crippe mató a su esposa Cora en 1910.

17 de octubre de 2020

CANCIONES EN MI MEMORIA LXV


16 de octubre de 2020

EL FRACASO DE ZINOVY ROZHESTVENSKY

 

A finales del siglo XIX, Rusia se había extendido por Siberia. En 1869 se había habilitado el puerto de Vladivostok, desde donde ampliar su dominio al océano Pacífico. Los altos mandos de la corte zarista olvidaron que las instalaciones rusas en el Pacífico se debían proteger con una escuadra de guerra, ya que pretendían dominar Japón, país por el que el zar sentía odio desde que uno japonés intentó matarlo, no lo logró pero le dejó una cicatriz en la cara.

En 1904 estallaron las diferencias entre Rusia y Japón por la preferencia naval en el océano Pacífico. Los rusos estaban menos preparados. Como el Canal de Suez estaba en manos de los británicos, le pidieron al almirante Zinovy Rozhestvensky que navegara con su antigua flota dieciocho mil millas desde el mar Báltico hasta el Atlántico, lo recorriera hasta el sur de África, y desde ahí cruzara todo el océano Indico para enfilar, por el Pacífico hasta Japón.

Pretendían llegar con una escuadra movida por calderas alimentadas con carbón, pero sin una base de suministros en todo el trayecto, lo que obligó al mando ruso a tener unas reuniones en alta mar con barcos de abastecimiento de la compañía Hamburg-Amerika, todo ello, con el fin de suministrar a sus naves el carbón sin el que hubiera sido imposible llegar a su destino. Además, muchos de estas naves de la clase Bodorino realizaban su viaje de prueba.

Los buques de la clase Suvárov lo pasaron peor. Los barcos eran tan pesados que el armamento no podía utilizarse en ningún tipo de mar. La situación eran tan crítica que, a los pocos días de viaje, Rozhestvensky les envió una orden para que no levantaran ninguna bandera, para que no siquiera ese peso desestabilizara las naves y volcaran. La tripulación y la incompetencia de la tripulación y los oficiales, también era digno de resaltar.

En definitiva, la expedición militar de Rozhestvensky fue todo un fracaso. Su final vino cuando lograron llegar a Japón. Pero solo lo hicieron para ser hundidos por la armada nipona, que además de ser muy superior, luchaban en su propio territorio.

15 de octubre de 2020

FORMAS DE MORIR-2


En la Exposición Panamericana de Búfalo, en 1901, el presidente William McKinley recibió a una fila de ciudadanos, a cada uno de los cuales estrechaba la mano. En la fila se encontraba un hombre que tenía una mano cubierta por un pañuelo. Ninguno de los dos hombres del Servicio Secreto que custodiaban al presidente tuvo la curiosidad suficiente como para ver que había debajo del pañuelo en la mano del hombre, León Czolgosz, un anarquista. Lo que tenía era un revolver cargado, y cuando el presidente extendió su mano para saludarle, Czolgosz disparó dos veces. McKinley murió una semana después.

A través de la puerta y las ventanas, supuestos asesinos dispararon sesenta y tres balas en el dormitorio de León Trotsky, el cual formaba parte de una casa que parecía una fortaleza, en la ciudad de México. Gracias a la advertencia que se le hizo momentos antes, Trotsky y su mujer escaparon sin ningún daño escondiéndose bajo la cama. Después, en el mismo año, 1940, Trotsky fue asesinado por un hombre que usó un piolet, y que se había ganado la confianza del antiguo revolucionario ruso. El asesino tenía como nombre Jacques van den Dresch, pero era solo su alias. Su verdadera identidad permanece desconocida.

El revolucionario Georges Jacques Danton puede haber sido un presumido o estar enfadado cuando dijo en la guillotina: “Asegúrate de mostrar bien mi cabeza a la multitud. Pasará mucho tiempo antes que identifiquen el parecido”. El caso de nerón fue de presunción total: “Qualis artifex pereo” o “¡Qué gran artista pierde el mundo!”. Sir Walter Raleigh, sintiendo el filo del hacha, murmuró: “Es un remedio afilado, pero seguro, para todos los males”. Ana Bolena dijo: “El verdugo es, según creo, muy experto y mi cuello muy delgado”. Luis XVI dijo en el patíbulo: “Que mi sangre cimiente tu felicidad”. Beethoven, que estaba sordo, decía: “En el cielo oiré”. Dennis Diderot fue filósofo hasta el fin: “El primer paso a la filosofía es la incredulidad”.

La historia de los indios Temple Mound, del valle del Misisipi, conocidos por una gran abundancia de restos arqueológicos, es un gran misterio. Alrededor del siglo XVI, desarrollaron un culto apocalíptico a la muerte, y antes que los invasores españoles pudieran conquistarlos, murieron todos los miembros de esa organización. No existe una explicación convincente para su desaparición.

 FORMAS DE MORIR