18 de septiembre de 2017

CANCIONES EN MI MEMORIA CXX


17 de septiembre de 2017

LA CONCESIÓN DE ALFONSO V AL BUFÓN MOSSÈN BORRA


Antoni Tallander, conocido como mossén Borra, era un caballero, pero al mismo tiempo un bufón. Estuvo bajo las órdenes de los reyes Martín I de Sicilia y en la corte de Alfonso V de Aragón, el Magnánimo, prestando sus servicios como diplomático. En 1416 fue enviado como diplomático al Concilio de Constanza donde espió para su rey, al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Seguismundo de Luxemburgo.

En un documento escrito en latín, en el año 1446, el rey Alfonso V le otorga, como premio en su vejez, que le sirvan de manera gratuita todos los vinos que él quiera, dentro de los dominios de la Corona de Aragón.

La concesión decía:

“Don Alfonso, por la gracia de Dios, rey de Aragón y de Sicilia, de una y otra parte del faro de Valencia, de Jerusalén, de Hungría, de Mayorcas, de Cerdeña, de Córcega, conde de Barcelona, duque de Atenas y Neopatria, y también conde del Rosellón y Cerdeña. Por cuanto vuestra virtud de vos el magnifico, noble y amado nuestro mossén Borra, caballero y la jocosa sabiduría, que tanto agrada a los príncipes, pueblos y hombres, como que es la delicia del género humano, pide que nuestra majestad, de quien sois tan estimado, provea de modo que vuestra salud, esto es, la alegría de los hombres se conserve cuanto sea posible, y principalmente habiendo prometido, bajo juramento, a la ciudad de Barcelona, que ni aquí, ni en el camino moriríais, sino que regresaríais a ella vivo, queriendo dios; y aunque la verdad que la vida del hombre se sostiene con la comida o bebida, viendo que os halláis privado casi del todo del auxilio de la primera de estas dos cosas, porque os faltan los dientes, de suerte que apenas podéis comer, y habéis vuelto a la niñez en que se carece de ellos, hemos juzgado con afecto maternal, que como niño debéis de ser mantenido con la bebida solamente.

Así pues, no pudiendo alimentaros de otra leche, es preciso uséis del vino, que siendo bueno se llama leche de viejos, a causa de que les alarga mucho la vida. En esta atención, por el tenor de los presentes concedemos licencia y plena facultad a vos el dicho noble mossén Borra, en esta Nuestra Carta, para que todo el tiempo que viváis, podáis libre y seguramente y sin incurrir en pena alguna beber y echar tragos, una, muchas y repetidas veces, de día y de noche, en cualquier lugar, aunque no tengáis sed, de toda especie de vinos, ya sea vino dulce, griego y latino, malvasía, montasani…, vino especial de Calabria, de Terracina de Santo Nocheto, de Cariñena, de las Lomas de Madrid…

Y para que vos, el dicho noble mossén Borra podáis usar más libremente Nuestra Gracia, os conferimos y damos facultad absoluta para que podáis crear y construir uno o más procuradores o sustitutos, que en vuestro nombre y por vos, cuando estéis harto de beber que creemos sucederá rara vez, apuren y beban en la mejor forma, de los vinos expresados y mejores. Mandando por esta Nuestra Carta a nuestro bodegonero mayor, a los demás dependientes de nuestra bodega a los venteros, cocineros, ayudantes…, bajo la pena de dos mil florines, de que solo podáis perdonar los mil, y de privación de oficio y del vino, que vistas las presentes y por sola su simple manifestación os den por fuerza a gustar, y si convinieres a beber todos los vinos que queráis o que no han de hacer lo contrario, si quieren evitar estas penas, antes bien os asistan con obra, consejo y auxilios oportunos.

En testimonio de los cual mandamos expedir las presentes, autorizadas con todos los sellos de Nuestra Curia –Dadas en Castellnovo de Nápoles a 31 de diciembre del año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo 1426-. Yo el Rey don Alfonso. Nuestro Señor el Rey. –Vista por el bodegonero mayor. –Nuestro Señor el Rey mandó que la escribiese a mí.- Francisco Martorell”.

Mossén Borra está enterrado en uno de los claustros de la Catedral de Barcelona, en una lápida de bronce y que representa un bufón, a sus pies un perro dormido. Se puede leer está inscripción en latín: “Hic jacet dominus Borra miles gloriosus. Facta fuit sepultura ista anno domini MCCCCXXXIII.

16 de septiembre de 2017

LAVADO DE MANOS EN LAS COMIDAS


Gracias a los libros de Homero, poeta griego, podemos comprobar que los griegos comían con los dedos. En los banquetes dados a los pretendientes de Penélope éstos cogen con las manos todos los manjares. Ovidio, poeta romano, recomienda a las damiselas que aprendan a comer con pulcritud y a llevarse los alimentos a la boca sin mancharse la ropa, y esas mismas costumbres permanecieron durante la Edad Media y entrada la Moderna.

Luis XIV y su madre, Ana de Austria, comían con los dedos, y Tallemant des Réaux cuenta que el canciller Seguier no era muy limpio, ya que su plato ofrecía una asquerosa mezcla que comía con las manos, metiéndolas en la salsa hasta el puño. Mientras se impuso esa moda de comer con las manos, era obligatorio lavarse las manos en la mesa, todos juntos.

En un tratado de buenas costumbres de 1544, dicen: “Soy de parecer que no debe uno lavarse las manos en público; son menesteres que conviene hacer en privado. Sin embargo, es conveniente, antes de sentarse a la mesa, lavarse las manos en presencia de todos, aun cuando no fuera necesario, para que no haya duda de que están limpias al meterlas en los platos”.

Los franceses del siglo XII, en lugar de decir que la comida estaba servida, decían: “corner l’eau” (correr el agua), por ser una llamada que se hacía con un cuerno de caza para que todos los que fueran a comer se lavaran las manos. Las clases altas volvían a lavarse las manos por segunda vez antes de servir los postres. Unos pajes con jofainas y jarras daban vuelta a la mesa vertiendo agua de rosas para que los comensales se lavaran, mientras otros presentaban toallas para que se secaran.

Los romanos se lavaban en cada servicio. Los comensales menos refinados se chupaban los dedos hasta el codo.

15 de septiembre de 2017

HIMILCE LA ESPOSA DE ANIBAL


Hija del rey Mucro de Cástulo (una villa cerca de la actual Linares), Himilce o Imilce fue una princesa ibera, esposa del general cartaginés Anibal y madre de su primer hijo Aspar.

El matrimonio se concertó para sellar el pacto de ayuda mutua entre iberos y cartagineses frente al enemigo común, Roma, cuando comenzó la Segunda Guerra Púnica, en el siglo III a. C. Se casaron en la primavera de 220 a. C. La novia antes del matrimonio vivía en Aurigis, la actual Jaén. La ceremonia se celebró en Qart Hadash (Cartagena).

Un tiempo después de la boda, Himilce se opuso a la guerra contra Roma, por esa razón, Anibal se negó a que lo acompañara en la campaña de Italia, dejándola en Cartago, donde murió muy joven.

No se sabe mucho más de ella. Cuenta el poeta Silio Itálico en su Punico Libro III, cuando relata la despedida del matrimonio, Hidilce dice:

“¡A mí me impides acompañarte, olvidado de que mi vida depende de la tuya? ¿En tan poco estimas el matrimonio y la cesión de mi virginidad como para impedirme cruzar contigo las montañas? ¡Confía en la hombría femenina! No hay fuerza que supere el amor conyugal. Pero si solo soy juzgada por mi sexo, y has resuelto despedirme, me avengo y no interpongo demora al destino. Que la divinidad te asista, hago votos.

Marcha con buen pie, marcha con el favor de los dioses y conforme a tus deseos. Y en la batalla, en el sangriento combate, acuérdate de mantener vivo el recuerdo de tu esposa y tu hijo”.

14 de septiembre de 2017

LA COCINA RUSA EN EL SIGLO XVII


Los rusos en el siglo XVII, tenían unas costumbres muy particulares en cuanto a la etiqueta en los banquetes. Cuando un ruso daba un banquete su esposa no se sentaba a la mesa con los invitados, sino que durante la fiesta se presentaba con sus mejores galas y obsequiaba al invitado de más categoría con una copa de aguardiente, donde previamente había mojado sus labios. Seguidamente se retiraba y volvía a presentarse con nuevas galas y ofrecía otra copa al invitado que seguía en categoría al primero, y así sucesivamente hasta obsequiar a todos. Cumplido ese encargo se apoyaba en la pared y permanecía inmóvil, con los ojos bajos y los brazos caídos, recibiendo un beso de cada comensal.

En la Rusia de los zares, la mayoría de cocineros de soberanos y magantes eran franceses. Los platos estrella eran los potajes, sirviéndose tanto en la Corte como en las familias. La ukka, era una sopa de mucho prestigio y gran lujo, su ingrediente principal era el esterlet, un pescado parecido al sábalo o al salmón, que se pesca en el Volga y es muy caro. En el año 1915 un esterlet de un kilo de peso costaba hasta treinta rublos (de la época). Los postres más típicos era los bizcochos con pasas y los blinies, parecidos a las crêpes.

En la “Ilustración” del año 1850, se pueden leer unas crónicas enviadas desde Rusia:

“Los magnates de San Petersburgo prefieren la cocina francesa. Cuando reciben un nuevo cocinero, cuyo salario sube a cien rublos mensuales, suele haber una fiesta completa; el amo de la casa acostumbra a convidar a sus amigos, cuya pluralidad de votos decide el mérito culinario francés”.

En todo el libro no se menciona ni una sola vez la cocina rusa, tampoco habla de hoteles, tabernas, posadas. En cambio describe con todo detalle los palacios, comercios, teatros, etcétera.