18 de mayo de 2013

EL RELOJ DE PULSERA DE CARTIER



El 19 de octubre de 1901 sucedió el detonante que provocó la fabricación del primer reloj de pulsera, lo creó Louis-François Cartier.

Ese día, el aviador brasileño Alberto Santos Dumont, participaba en una competición aérea en París. La prueba consistía  en que varios pilotos al mando de sus dirigibles despegaran de un parque, volaran hasta la Torre Eiffel, la rodearan y volvieran al punto de partida, todo eso en menos de treinta minutos. El premio consistía en 150 francos.

Ganó Alberto Santos Dumont, el no lo supo porque no sabía el tiempo que había tardado. No pudo saberlo ya que no podía despegar las manos de los mandos para mirar su reloj de bolsillo.

Entre los espectadores al evento aéreo estaba el joyero y relojero Cartier que tomó la decisión de fabricar para Santos Dumont un reloj cuadradito, plano, con correa de cuero y que se pudiera llevar en la muñeca.

De esa manera, en 1904, nació el modelo “Santos”, el primer reloj de pulsera para hombres. El éxito fue rotundo entre sus clientes que se decidió a fabricarlo para todo el mundo. El modelo Santos todavía se vende en la actualidad, con algunas variaciones de aquel primer reloj.

En 1868, Patek Phillipe había creado el primer reloj de pulsera femenino. También ha sido pionero en el calendario perpetuo, en dos segundos, cronógrafo y repetidos de minutos en los relojes. Fabricó los primeros relojes de cuarzo.

17 de mayo de 2013

EL NIÑO ROCKEFELLER



El 8 de julio de 1839 nació en Nueva York John Davidsn Rockefeller. Su familia, de clase media, era descendiente de inmigrantes alemanes. Creció en un ambiente de moral calvinista gracias a su madre, Eliza. Su padre, John, era un impostor, (además de un infiel que pasaba largas temporadas fuera de su hogar), se dedicaba a hacerse pasar por un falso médico que vendía pastillas contra el cáncer que no curaban ni un dolor de cabeza. John, se mudó con su familia a Ohio, Cleveland.

Empezó desde muy niño a hacer pequeños negocios. A los ocho años, recogía piedras, las pintaba y luego las vendía a sus compañeros del colegio. A los padres de esos niños les vendía pavos que antes había comprado y luego revendía a un precio superior la víspera de Navidad. Las ganancias las metía en un frasco azul al que él llamaba mi caja fuerte.

A los trece años, un amigo de su padre fue a pedirle un préstamo para saldar unas deudas, el padre no lo tenía, pero él sí, se lo prestó con un siete por ciento de interés. En ese momento fue cuando decidió que no trabajaría, el dinero trabajaría por él. A partir de ese instante se compró una libreta donde llevaba su contabilidad, la llamaba: “El registro A”.

A los 16 años empezó a trabajar de contable en una empresa de corredores y comerciantes, donde se fijaba en todo lo que pasaba a su alrededor y en su casa pensaba en como lo habría hecho él para obtener más ganancias. En ese empleo ganaba unos 600 dólares anuales (muchísimo para el año 1857).

Desde siempre su moral cristiana hizo que invirtiese el 10 por ciento de sus ingresos a mejorar la educación, la cultura y la sanidad de su comunidad.

Sólo hubo una cosa que el dinero no pudo comprar, cumplir los 100 años, se murió a los 98.

16 de mayo de 2013

HOY NECESITO


15 de mayo de 2013

LOS SIAMESES CHANG Y ENG



El 1 de abril de 1843 los hermanos siameses Chang y Eng Búnker, nacidos en Siam, (fueron los que dieron nombre a los siameses), se casaron con dos hermanas gemelas en Carolina del Norte (Estados Unidos).

Los hermanos se exhibieron por todo el mundo con mucho éxito de fama y dinero. A los cuarenta y cuatro años, vivían en Estados Unidos y decidieron casarse. Pensaron que lo mejor era hacerlo con dos hermanas que se llevaran bien entre ellas, ya que realmente era un matrimonio de cuatro.

Las gemelas Adelaida y Sarah, fueron las elegidas. Y se casaron. En un principio, al conocerlas, se pelearon por conseguir a Sarah, la más alta y guapa de las dos. Eng, que era el de carácter dominante, consiguió conquistarla, Chang se tuvo que conformar con Adelaide.

Para evitar disputas, cada esposa vivía en una casa, como los siameses tenían que ir a todas partes juntos, casa tres días cambiaban de domicilio, de esta manera vivían tres días seguidos con cada mujer.

Ellas, por supuesto, siempre tenían delante al cuñado. Una pareja tuvo diez hijos y la otra doce. Como fue, no se sabe (se imagina), los siameses estaban unidos por el esternón.

Los matrimonios duraron treinta y un años, los separó la muerte. Una noche, uno de los siameses murió mientras dormía, cuando el otro se despertó, murió del susto. Las autopsias dijeron que uno murió por un aneurisma y el otro de miedo, y que estaban unidos por el hígado.

Mark Twain quedó fascinado por la vida de los siameses y escribió el cuento “Esos extraordinarios gemelos”. Se basó en una anécdota que contaba como chang se salvó de ir a la cárcel después de haber atacado a un hombre porque el juez creyó injusto encerrar a su otro hermano, que era inocente.

14 de mayo de 2013

EL ROBO DE NEFERTITI



El 20 de enero de 1913 una expedición  de arqueólogos alemanes se llevó el busto de Nefertiti, hicieron creer a los egipcios que se trataba de una escultura sin valor de una princesa sin importancia.

La historia es la siguiente: La expedición alemana excavaba en Tell el-Amarna, un yacimiento que ocultaba la antigua ciudad de Ajetatón, que fue fundada por el faraón Akenatón, marido de Nefertiti.

Descubrieron el taller de trabajo de un escultor de la Corte Real, encontraron cincuenta piezas, casi todas sin terminar. Entre ellas, había un busto policromado, le faltaba el ojo izquierdo, el escultor nunca se lo llegó a poner. Era el 6 de diciembre de 1912.

Terminado su trabajo, los arqueólogos hicieron un reparto de todo lo encontrado con las autoridades egipcias. El pacto era que una vez repartido, los alemanes se llevaban la mitad de lo encontrado y la otra mitad se quedaban en los fondos del Museo de El Cairo.

La “treta” fue la siguiente; cuando los alemanes catalogaron las piezas, describieron el busto de Nefertiti como algo sin valor. Los del Museo se lo creyeron, no se dieron cuenta de la corona azul que identificaba a la reina, ni tampoco de que estaba hecha de piedra caliza y estuco, no de yeso.

Así fue como la reina Nerfertiti se convirtió en propiedad alemana. Unos días después voló a Berlín, no ha vuelto a salir de Alemania ni prestada. Egipto todavía pelea por recuperar a su reina.