13 de septiembre de 2018

BUSCANDO MARIDO EN BABILONIA


La mujer en Babilonia no tenía viva fácil. Los padres enviaban a sus hijas casaderas a un lugar donde todos los años tenía lugar una subasta de novias, un mercado de chicas dispuestas a casarse. Un pregonero se encargaba de vocear los encantos y virtudes de las jóvenes. En primer lugar se vendían las más agraciadas y al final se vendían las más feas. A las menos agraciadas se les daba una dote que se obtenía con las sobras de dinero que quedaban después de vender a las más guapas. Los hombres compraban a las mujeres a buenos precios si eran guapas, y recibían un pago por ellas si eran feas.

Por ese motivo, los hombres se casaban con las jóvenes más hermosas y los pobres se llevaban a casa lo que ellos consideraban adefesios, eso sí, con una dote.

El encargado de redactar el contrato de matrimonio era un escriba, que acompañado de varios testigos, casaba a la pareja. Para certificarlo, el notario colgaba del cuello de la mujer un medallón de barro cocido donde ponía el nombre de ella y el de su marido, así como la fecha en la que la joven había sido comprada.

Las hijas de familias ricas, se veían libres de someterse a ese suplicio, su familia se encargaba de pagarle una dote y encontrarle un marido que le conviniese. La chica no debía contradecir a sus padres, pues si el padre se enfadaba podía venderlas como si fuera una campesina.

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